Futuro Postpandémico

“… podríamos estar —¿por qué no?— en las vísperas de una nueva conciencia colectiva, que podría llevarnos a la construcción de un movimiento capaz de modicar nuestra forma de concebir la vida en común. Uno que comprenda y asuma las lecciones de esta crisis incluyendo su inevitable globalidad y, en contrapartida, la arrogante debilidad de los gobiernos nacionales.”

                                                                     – Mauricio Merino.

La situación pandémica actual podría resultar en la oportunidad que la Ética necesitaba para surgir con la importancia que reviste para nuestra vida en común. Los valores éticos a partir de la Revolución Industrial, han sido sistemáticamente sepultados bajo un bombardeo y saturación de propaganda e incluso educación, pública y privada, con el objetivo de crear la necesidad de consumir, de desear acumulación de riqueza e imponerle al ser humano un apetito insaciable de bienes materiales. En esta nueva serie de valores impuestos por el capitalismo y apuntalados por el neoliberalismo, la virtud, como potencia específica del hombre, o lo que lo hace ser excelente, es generar dinero, y entre más dinero genera, más virtuoso resulta.  Esta concepción, ha generado que los intereses particulares se hayan sobrepuesto al interés público y que incluso estos intereses se hayan convertido en el factor real de poder más fuerte en todos los niveles, ya sea local, regional, nacional o global, permeando de manera directa a instituciones políticas y económicas, convirtiéndolas en extractivas, al beneficiar de manera constante a las minorías privilegiadas en perjuicio de las grandes mayorías.

La sociedad para fortalecerse de la fragilidad actual (de la que algunos apenas se han percatado) debe de buscar garantizar derechos a la mayoría de sus integrantes y neutralizar los privilegios que niegan la oportunidad de lograr el bienestar de todos los miembros de la sociedad, y no lo contrario.  El brutal impacto  de realidad (o falla de la concepción de la realidad prepandémica) puede originar de manera colectiva una reflexión masiva que devengue en una revolución de conciencias, de la cual surja un nuevo orden apuntalado por principios y valores éticos que rijan y transformen al sistema anterior, para lograr uno que si bien es cierto, busque la generación de riqueza, lo haga pero no a costa de lo que sea, que lo realice ahora sí, con particular interés en la equitativa distribución de la riqueza generada y con un respeto a los recursos naturales, al medio ambiente y a los bienes comunes.  El Dios Dinero y sus acaudalados templos e injustas instituciones serían sepultadas por un sistema de desarrollo sostenible que emergería de las ruinas del actual, un nuevo sistema que además de aspirar a un crecimiento económico (no desmedido), garantizaría la inclusión social y el cuidado del medio ambiente, mediante el establecimiento de una base ética que se garantice jurídicamente (de manera vinculatoria) con el establecimiento de instituciones económicas y políticas inclusivas que funcionen con base a principios de transparencia y buena gobernanza.

El ser humano no puede aspirar a alcanzar su excelencia a través de la perpetuación del sistema actual, por que este no es virtuoso, e incluso es  inhumano, pues niega la oportunidad de desarrollar al ser humano su potencia específica para realizarse como tal, al atentar contra su razón, su cultura y su historia, ya que simple y sencillamente el sistema actual no puede sostener a la humanidad (carácter insostenible) y la condena a su autodestrucción por dos vías simultáneas, el caos social y la destrucción de los recursos y el medio ambiente necesario para su subsistencia.

El futuro postpandémico no tiene tantas opciones, pero le respeta al ser humano el pleno ejercicio de su libertad de elección para optar entre la revolución de conciencias o por su extinción.

Pedro R. Reyes M.

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